El Espectro de MIKI, capítulo V

L

A noche hizo su aparición un nuevo día más. El cielo estaba estrellado y hacía mucho frío. Soplaba un viento helado allá afuera, en la calle, comenzaba ya a notarse el invierno en la región. Esa noche no llovía, pero los abrigos aparecían por las calles. En su apartamento, el Maestro se disponía a dormir después de un largo día de trabajo. Hoy había sido un duro día de emociones y recuerdos. Para colmo, descubrió tras el frigorífico un pequeño trozo de papel, al ir a coger la cena. Era un planning del mes de septiembre con el reparto de tareas de la última semana. Tres nombres se repartían entre los siete días: El Gato, Vázquez y él. Rompió el pedazo de papel y lo arrojó a la basura. No quería esa noche recordar más, solo quería dormir y prepararse para el día siguiente. En dos días tenían que tener todo listo para redactar un nuevo informe en la oficina. Eran días de mucho trabajo. Hasta el pobre Armendi estaba trabajando en su pequeño despacho más de lo que podía incluso, a veces hasta sonreía y señalaba la pantalla, queriendo decir: “Mirad lo que estoy haciendo”.

El Maestro se dispuso a dormir, como todas las noches, se sobrecogió del frío, afuera hacía mucho. Un escalofrío le recorrió la espalda. Hoy había sido un día muy duro, y quería dormir. Se arropó hasta los ojos y cerró los ojos dispuesto a dormir. Por su mente se fueron borrando los recuerdos del día pasado, mientras el sueño le sumía en un pozo de oscuridad y silencio. Serían más o menos las dos de la madrugada cuando una aparición silenciosa, semioculta en la oscuridad interrumpió el curso de los acontecimientos. En medio del silencio sepulcral de la noche, apareció la imagen del espectro. Sonreía tristemente, como cada noche. El Maestro dormía. La imagen se fue acercando hasta quedar frente a la cama donde dormía el Maestro, y allí se quedó.

Entonces le vio. Abrió los ojos despacio, soñoliento, y vio al espectro pero sin reconocerle, luego, como recordando quién era, abrió los ojos de repente, unos ojos como platos, y se revolvió asustado. El espectro no decía nada, pero paralizado de miedo, el Maestro, esta vez acertó a decirle con un titubeo nervioso: “Que… ¿qué quieres?” Luego se arrepintió de haberle hablado, y se dispuso a esperar una respuesta cadavérica. Empezó a temblar, aunque trataba de dominarse. El espectro le miró fijamente, pero no dijo nada, ni se movió. Luego cogió un trozo de papel triangular, y con las tijeras que llevaba en la otra mano, se dispuso a cortarlo. Eso tranquilizó al Maestro al ver que hacía lo de siempre. Pensó fugazmente en preguntarle por qué hacía eso, pero el miedo paralizó su garganta y sus labios. Se limitó a mirar cómo el espectro cortaba el pedazo de papel, quedándose entre los dedos el pequeño trozo con forma de segmento y dejando caer el resto. Luego le miró de nuevo, y se alejó como siempre, hasta desaparecer. El Maestro contempló la escena en silencio, y luego se quedó unos minutos pensando, hasta que el sueño y el cansancio volvieron a sumirle en el vacío y la oscuridad tenebrosa de la nada más siniestra…

Afuera un viento fuerte azotaba las hojas secas de los árboles y los papeles caídos en el suelo. La madrugada invernal dominaba el paisaje y la escena, y el viento helado soplaba con fuerza, como queriéndose llevar, -al menos por el momento- los recuerdos de la nueva misteriosa aparición del espectro de Vázquez al Maestro. Nuevamente, una vez más…

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