El Espectro de MIKI, capítulo IV

E

L cuarto día, el Maestro volvió a recibir una nueva aparición del espectro misterioso. Ya entonces era un hecho que empezaba a preocuparle. Al saber que debería ser un hecho que se repitiese con frecuencia, se supone que debería dejar de preocuparle, al tratarse de la misma escena todos los días, con los mismos hechos, con lo cual, cuando algo anormal se repite, quien lo recibe acaba acostumbrándose a ello. Pero no llegó a ser así. El hecho en sí no preocupaba al Maestro realmente, lo que le preocupaba era el significado. A mayor número de veces que sucede el hecho, el Maestro se acostumbra, pero al ser algo que no entiende, al repetirse una y otra vez intenta hacer lo posible por buscarle un significado, es decir, que crece su preocupación por el sentido de la escena.

-Podría pasar del tema, olvidarlo-, les decía esa tarde en la cafetería a Gato, con quien habían vuelto a quedar y a Sergio, -pero sé que el espectro quiere transmitirme algo, si no, no aparecería una y otra vez, y siempre al mismo.

-Te estás preocupando mucho, Maestro, y eso no es bueno. –Dijo El Gato.

-Lo sé, compañero, pero… ¿qué puedo hacer? La maldita aparición no deja de incordiar, y lo seguro es que cuanto más tarde en averiguar qué me quiere decir, más se va a prolongar esta tortura.

-Ea-, comenzó a decir Sergio. –Pero ¿por qué es una tortura ver a un espectro cortar un trozo de papel? En las películas aparecen cosas peores. Impresiona, pero no debería ser tan aterrador. ¿no?

El Maestro dejó la taza de café encima de la mesa y les miró fijamente antes de responder a Sergio: “Lo que es impresionante, aterrador, incluso doloroso, no es sólo ver a parecer a Vázquez, socio. Aparte de que me resulta tan duro como a vosotros recordarle y…” Un sollozo recorrió su cuerpo. El Gato se estremeció y puso una mano en su hombro, como siendo incapaz de poder soportar ese momento. Sentía marearse. Sacudió la cabeza lentamente, haciendo esfuerzos por no echarse también a llorar. Vázquez había sido una verdadera institución para todos, y su pérdida en lugares como la oficina donde trabajaban Sergio y el Maestro había dejado una profunda huella, como se estaba viendo. Cuando el maestro pudo hablar, aún con los ojos arrasados en lágrimas, prosiguió: “Lo verdaderamente duro… es… tener que ver su imagen, la de un cuerpo que se va descomponiendo poco a poco…” El hipo cortó sus palabras y se echó a llorar derrotado por el sufrimiento. El Gato le abrazó todo lo fuertemente que pudo, compartiendo su inmenso dolor, mientras Sergio miraba al infinito, cabizbajo y con la mirada perdida…

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