(agradezco a mi Hermano que me haya dejado colgar aquí una obra que escribí hace tiempo, muchas gracias dani…)
(AVISO: el primer capítulo es algo largo, el resto son más breves, mucho más, tened un poco de paciencia… es que es así el relato, lo siento)

EL ESPECTRO DE MIKI.

A

QUELLA mañana el Maestro y Gran Filósofo llegó al despacho un tanto turbado. Los compañeros le saludaron efusivamente, pero trató de esquivar el máximo número de conversaciones posibles. A esa hora reinaba un silencio sólo roto por las conversaciones de comienzo de trabajo de la oficina. Iban a dar las nueve de la mañana. El jefe, Morrison, comentó que había que investigar un informe a partir de una estadística, para luego debatir los argumentos y llegar a puntos comunes. Pero el Maestro estaba raro. Durante el debate, a veces se quedaba un poco con la mirada perdida. Morrison le miró de reojo. Sabía que aún tenía secuelas.

En otro punto de la sala, Armendi trabajaba con otros dos compañeros. Estaba sentado, frente al ordenador, pero apenas escribía. Su aspecto era muy preocupante. Tenía ojeras con frecuencia, le costaba mucho comprender las cosas, y en la oficina hacía lo que podía. Morrison era un buen jefe. Sin duda alguna. Si hubiese sido otro, le hubiese despedido sin más. Pero Morrison era una persona con corazón humano, y comprendía ciertas situaciones. También a él le afectó, pues conocía a Vázquez. Lo peor de Armendi quizás era el lugar donde se hallaba. Días atrás, en toda la oficina aún reinaba muchas veces el silencio, los compañeros llegaban cabizbajos. El Maestro era una Voz en los debates, sin duda. Y si su ánimo se venía abajo, nadie como él podía encender el entusiasmo en la sala. La secretaria de Vázquez estaba de baja.

A media mañana, Pedro Mora salió de la sala de reuniones y fue a ver al Maestro. Caminaron juntos.

-¡Hey, tío! ¿Cómo te va?

-No muy bien, como ves, Mora.

-Pero… -Pedro se quedó unos instantes en silencio-, ¿por algo en especial?

El Maestro miró fijamente al suelo, antes de responder. –No es algo que tenga que ver con lo que todos sabemos. Es otra cosa puntual…

En esto llegaron a la cafetería. Mientras Mora iba a pedir un café doble para el Maestro y un cortado para él, su compañero se sentó con gesto derrotado, casi derrumbándose sobre la silla.

-Si puedo ayudarte en algo, sabes que no hay ningún problema…

-Gracias-, dijo el Maestro.

En ese momento entró en la cafetería Armendi, acompañado de Louis y Sergio. Venía con ellos Bea, la portavoz de la sala de debates. El Maestro levantó la vista y vio a su compañero, que caminaba con dificultad, ayudado por sus compañeros. Al pasar junto a su mesa, el Maestro les saludó con un gesto. Armendi les miró con una mirada vidriosa, como si no les conociera, pero enseguida pareció recordar quiénes eran y sonrió. El Maestro le correspondió con una sonrisa, y Mora saludó con un gesto mientras giraba la cabeza y contenía los esfuerzos por no echarse a llorar. El cruce de miradas fue tenso, duro. Sólo el gesto de entereza que alguien como Armendi estaba demostrando merecía un premio. Morrison incluso, tenía pensado en un futuro darle una placa a quienes más sufrieron la desaparición de Vázquez, por su gesto de entereza al mundo y a la sociedad, por salir adelante en unas circunstancias en las que muchas otras personas habrían sucumbido. Y el pobre Armendi, sin duda era quien mejor ejemplo estaba dando, a pesar de su aspecto, y de que Bea y Sergio, y otros amigos y compañeros estaban volcándose mucho con él.

Sergio se acercó a ellos, poniendo una mano en el hombro del Maestro. Hizo señas a mora, como pidiendo disculpas por haber motivado el cruce entre el Maestro y Armendi, y dijo “Lo siento”. El Maestro le miró y dijo que no se preocupase, a fin de cuentas en un mismo lugar de trabajo es difícil a veces evitar encuentros. Cruzó una fugaz mirada con Sergio, que bastó al joven para que supiera que quería hablar con él luego.

* * *

A la salida, el Maestro esperó a Sergio. Habían quedado con el Gato, que había desaparecido de escena porque se cambió de trabajo. El caso del Gato fue desesperante. Intentó suicidarse y tras muchos esfuerzos lograron que, si se cambiaba de trabajo y olvidaba los recuerdos, podría seguir adelante. El Gato y el Maestro se seguían viendo de vez en cuando, pero a Armendi no podía ni verle, por razones obvias. Siempre le preguntaba a Sergio, el enlace de todos por el Maestro, por Armendi y por la secretaria de Vázquez. Quedaron en el restaurante Tres. El Maestro y el Gato se abrazaron fuertemente al verse. Su saludo siempre había sido muy emotivo, desde la desaparición de Vázquez. Se sentaron y pidieron el menú. Sergio comentó un poco cómo iba el trabajo, el Maestro por su parte, no dijo mucho. Se notaba que le estaba sucediendo algo serio. Lo extraño del maestro fue que cuando por fin habló, le preguntó a Gato cómo estaba la secretaria de Vázquez. Gato guardó silencio, y fue Sergio quien habló.

-Esta mañana le preparé yo el desayuno. Alberto y yo estuvimos en su casa la noche pasada. No hubo problemas, normalmente con los somníferos duerme muy bien. A veces hace las tareas de casa, lee un poco, ¡incluso el jueves pasado estuvo echando una partida de ajedrez con Bea! Está mejor, poco a poco… A ver si se va recuperando.

-Y… ¿su aspecto?

El Gato pidió disculpas para ir al servicio. En parte no quería continuar esa situación, pues Sergio y el resto de compañeros estaban mintiendo al Maestro, diciéndole que la Secretaria de Vázquez estaba mucho mejor que Armendi, pero era quien peor estaba en realidad. Gato la vio en un par de ocasiones y tuvo varios shocks, por ello intentaba verla a través de los compañeros que podían estar con ella durante el día, y se informaba a través de ellos para verle únicamente cuando tenía mejor aspecto. El problema era que ella se ponía muy mal cuando veía a algunas personas, entre ellas al Gato, porque decía que le traían recuerdos, y en las visitas siempre tenían que dormirla, porque a veces podría tener incluso reacciones violentas. El Gato también lo pasaba muy mal con frecuencia, por ello intentaba también evitar a veces el contacto con los compañeros que junto con él compartieron la época de Vázquez. Al volver, el Maestro comentaba algo acerca del tiempo.

-Pues yo digo que va a llover-, inquirió Sergio.

-Bien, Maestro. Dinos qué es eso que quieres contarnos. En lo que podamos, intentaremos ayudarte-. Dijo el Gato.

-No sé si debo decirlo o no… Lo digo por ti, Gato. Si quieres saber qué me pasa, te pido que estés muy preparado para lo que vas a escuchar- Dijo el Maestro.

Tras debatir unos minutos Sergio y el Gato si podrían abordar el problema, el Maestro, un tanto inseguro, carraspeó y empezó a narrar un relato espeluznante.

“Si os he reunido aquí y os he preguntado por la secretaria es porque quería asegurarme de que sólo me ha sucedido a mí. Fue ayer por la noche. Estaba acostado ya, era la una de la madrugada más o menos. No sé si estaba despierto o dormido, porque lo que vi fue tan surrealista que hasta dudo de su veracidad. Pero quería pediros consejo a ambos, porque creo que sabéis en materia de pensamiento y reflexión mejor que nadie qué puedo hacer en este tipo de casos. Superad mi relato, porque necesito ayuda, y yo sólo no sé si voy a poder…” Tras una pausa, prosiguió hablando. “Entonces apareció. Estaba en un rincón de la habitación, avanzó hasta mi cama. Pude reconocerle perfectamente, a pesar de su estado. Era Vázquez, o su fantasma, su espectro. Estaba rodeado de una extraña aureola azulada muy tenue, que bordeaba su figura encorvada. Aún podía reconocer su rostro, un tanto carcomido. Es como si hubiese salido del lienzo. Tenía la piel casi sin carne, y el rostro amarillo, y su vientre estaba muy hinchado, como le vimos la última vez, pero en muchas partes de su cuerpo faltaba carne, como si los gusanos y tras partículas se hubiesen carcomido parte de su cuerpo, en algunos sitios se veía el esqueleto. A veces se veía también su putrefacción… Iba apoyado en un bastón que sostenía en una mano huesuda. No sonreía ni decía nada, sino que tenía expresión triste, de sufrimiento, más bien dolida. No me dijo nada, sólo dejó el bastón en el suelo, se acercó a mi cama y cogió unas tijeras que por lo visto llevaba guardadas. En la otra mano sostenía lo que parecía ser un trozo de papel. Un trozo de papel blanco con forma de triángulo… Me lo mostró para que pudiese verlo bien, era un triángulo de papel, no había nada escrito en él. Entonces cogió las tijeras con la otra mano, y cortó uno de los extremos, uno de los vértices, pero no dejando en su mano un buen trozo, sino que lo cortó casi entero, lo más pegado al segmento opuesto al vértice elegido. Dejó caer el pedazo triangular y me mostró el resto. El resto era un fino segmento recto… Había transformado un triángulo en un simple segmento de dos partes, con dos extremos. Una vez hecho eso, se guardó las tijeras, se dio la vuelta sin decirme nada, cogió el bastón y caminó hasta perderse, desapareciendo. Encendí la luz, incapaz de creer lo que acababa de ver. No había ni rastro de nada, ni triángulo, ni tijeras ni nada. El trozo de papel que había caído al suelo tampoco estaba. Pude dormirme poco después, por fortuna, y no he vuelto a tener nada raro… Quizá fuese un sueño, pero juraría que yo estaba bien despierto. Lo que quiero saber es qué demonios significa esta aparición, ya que según vosotros, a la secretaria de Vázquez tampoco le ha sucedido. Armendi y vosotros tampoco habéis oído nada semejante anteriormente, ¿verdad?”

El Gato, un tanto alterado y Sergio, que le miraba con gesto duro, negaron con la cabeza, negándose a dar crédito de las palabras que estaban oyendo de su amigo el Maestro Filósofo. Tras un cruce de miradas y unos tensos instantes de silencio, habló Sergio:

-Creo que necesitas ayuda, Maestro… Y además urgentemente. Lo primero que hemos de controlar es que esa aparición no se repita. Puede haber sido un mal sueño, pero como ya sabemos todos, normalmente las historias de apariciones suelen repetirse…

CONTINUARÁ

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