Hoy he estado hablando por MSN con unos amigos. Hemos estado discutiendo sobre esos programas de televisión que muestran lo peor del ser humano: los reality shows. No ya por sus concursantes, sino por las propias productoras. Especialmente en esos reality shows que, dicen, muestran el talento de gente anónima. OT, Factor X, Tú sí que vales… Los aspirantes a concursantes van a sus castings persiguiendo un sueño. Cuando llegan, destrozan sus sueños y su dignidad ante un jurado insensible, que sólo ve en ellos trozos de carne, productos en exposición. Los pocos que llegan a la fase final, ven cómo les humillan de una forma aún peor. Ante las cámaras, muestran su vida entre el resto de los participantes, presta a ser juzgada y destripada por el público. Ah, el público… gente que, al no saber qué hacer con su vida, sigue la de otros. Los mismos que devoran revistas y programas de cotilleo.
Siguiendo con el tema, al final de todo concurso hay un ganador. Y ese ganador no es el de más mérito, sino aquél que más polémica ha causado. Mientras, los sueños del resto de participantes se ha roto, y su vida ha quedado expuesta a la opinión pública.
Aquí, por supuesto, hablo de algunos realities. Porque aún nos queda otro, la madre del cordero: Gran Hermano. Aquí las productoras sólo son parte del problema. Porque la otra parte son los concursantes. Ansiosos de dinero fácil, se presentan al casting. No son soñadores como los anteriores, sino unos frescales del quince. Si pasan la selección, donde buscan al más raro y conflictivo de entre miles, les esperan tres meses de discusiones y folleteo con desconocidos. Todo por unos miles de euros. ¿He dicho unos miles de euros? ¡Qué va! Unos miles de euros para el ganador, y a él y al resto les aguarda un peregrinaje por programas basura para llenarse los bolsillos a cambio de vender su mierda al mejor postor. ¿Lo mejor? Que todo lo que pasa en la casa de Guadalix puede ser fruto de unos guionistas. Vamos, que ni siquiera ofrecen algo real y espontáneo, sino sólo el morbo y la carnaza del sexo y la sangre.
Si no eres parte de la solución, eres parte del problema. Por eso, lector, apaga tu televisor, toma un libro y sumérgete en vidas verdaderamente interesantes. Jamás necesitaras la vida de esos personajillos para soportar la propia.
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